El secuestro se ha vuelto cotidiano en algunos países latinoamericanos

Hace algunos años secuestraron a la hermana de mi mejor amiga. Ella estaba dejando a su cuñada en la puerta de su casa cuando  tres tipos se subieron a su camioneta y literalmente la tiraron de un solo empujón en el asiento trasero.

El detalle es que iba con su hijo mayor, que por ese entonces tendría como nueve meses, sentado en la parte trasera. Llamaron a su esposo y a su padre. Digamos que ninguno de los dos son millonarios, pero son profesionales respetables en mi pueblo. Cuando llamaron a mi amiga y a su vez ella a mí, me fui a su casa. Fueron horas de angustia y desesperación.

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Los secuestradores amenzaban telefónicamente con matarlos. Se escuchaba el llanto del niño y el sollozo de la madre. Fue horrible. Aquella noche larga e interminable, sentí que se me iba a salir el corazón del pecho.

Con el tiempo, las historias de secuestros se fueron haciendo cada vez más cotidianas entre mis allegados: que si secuestraron al esposo de una de mis primas, a un excompañero de la facultad, a una compañera de trabajo. En fin se convirtió con en una plaga. Lo único que le quedaba a la ciudadanía era esperar que no le tocara su turno.

En países como México y Venezuela, este temible flagelo social se ha convertido en el día a día de mucha gente.  El secuestro se ha convertido en motivo de películas y canciones y, las autoridades parecieran no poder controlarlo. De hecho, en algunas ocasiones se ha señalado que la complicidad impera entre maleantes y autoridades.

Sin importar la condición socioeconómica,  esta actividad hamponil ha calado en la sociedad. En Venezuela, mi país ahora les ha dado por secuestrar gente de bajos recursos. Sí, entran a las casas de barriadas humildes y se llevan a los ancianos o a los niños, obligando a los familiares a hacer colectas entre los mismos vecinos para que les devuelvan a sus seres queridos. Aunque esto parece el argumento de una película no lo es.  El secuestro  se ha vuelto una maquinaria, una industria del mal. Hay casos que terminan favorablemente como el de la amiga de mi hermana o el del pelotero venezolano Wilson Ramos.

El otro día leía en diario mexicano El Universal  que van a interrumpir las señales telefónicas en algunos penales para evitar extorsiones desde el interior de las cárceles.

Esta trágica situación ha afectado a muchos, incluyendo a los famosos. El actor mexicano Eduardo Verástegui, informó a través de su cuenta de Twitter que secuestraron a dos primos suyos: "Han secuestrado a dos primos míos en Xicotencatl Tamaulipas, pido sus oraciones para que no les pase nada malo y los devuelvan a su familia”, dijo el histrión que inclusive dio los nombres de sus seres queridos. “Mis primos se llaman Vicente y Octavio Verástegui, fueron secuestrados en Xicotencatl Tamaulipas, 14 días de estar desaparecidos, ¡Oración!".

Sin embargo, ayer lunes en horas de la tarde, probablemente  por razones de seguridad, el actor borró de la red social los mensajes que había escrito con relación al secuestro de sus primos y en su lugar escribió: "en nombre de toda la familia, de todo corazón damos las gracias por sus oraciones, Dios los bendiga. Paz a los hombres de buena voluntad".

Es aterrador que esto esté sucediendo en nuestros países. Nada más de pensar que uno de mis seres queridos  viva esta experiencia me paralizo.


Imagen vía gregoirevdb/flickr