Se suicidó el asesino de la niña Jorelys Rivera

 Cada vez que escucho una noticia sobre rapto, asesinato o violación de un niño se me revuelve el estómago y me hierve la sangre. Por mucho que me esfuerzo, no logro entender cómo hay psicópatas capaces de atentar contra un inocente.

Como madre se me disparan todas las alarmas de preocupación al pensar que no sabemos realmente quiénes son nuestros vecinos. No sabemos si hay un peligro asechando a la vuelta de la esquina, pero a la vez no podemos meter a nuestros hijos en una caja de cristal.

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El pasado mes de diciembre la fotografía de la pequeña Jorelys Rivera, de 7 años innundó los medios de comunicación. Había desaparecido. Tres días más tarde, su cuerpecito mutilado y maltratado fue encontrado en una de las unidades del mismo conjunto residencial donde vivía.

Recuerdo que recé por esa niña. Me entristecí mucho. Pensé en su madre y en la víspera de Navidad que pasaría. Hoy fuimos sorprendidos con la noticia de que Ryan Brunn, de 20 años, condenado a cadena perpetua por el asesinato de la niña, amaneció muerto en su celda del estado de Georgia. Aparentemente se suicidó.

El padre de la niña, Ricardo Galarza, declaró a los medios de comunicación que la muerte de Brunn, no le devolverá a su pequeña, lo cual es totalmente cierto. Aunque la rabia y la impotencia nos hagan regresar al viejo precepto mesopotámico de “Ojo por ojo y diente por diente”, ¿qué ganamos con eso?

Jorelys y tantos otros niños que han muerto a manos de desadaptados sociales, no van a volver, no van a crecer y a vivir las vidas que tenían por delante. Sus padres quedaron para siempre huérfanos de las risas estruendosas y alegres  de sus pequeños alegrando sus hogares.

Imagen vía markhilary/flickr