Lágrimas, cenizas y olor a muerte, mis recuerdos del 9/11

Cada año, en los dos o tres días previos al aniversario de los ataques terroristas contra las Torres Gemelas, en Nueva York, me da una migraña monstruosa. Me pongo de mal humor y tengo pesadillas. Entonces alguien me dice mañana es 9/11.

En ese momento todo encuentra sentido, mi cuerpo lleva la cuenta mejor que yo.  Me pregunto: ¿Hasta cuándo me va a durar este trauma? Mi cerebro me susurra: ¡Hasta siempre!

Advertisement

Antes de que te imagines que viene una historia dramática, te cuento que nadie de mi entorno murió ese día. He conocido a muchos dolientes después y sus historias son mucho, pero mucho peores. Yo vivía en Nueva York en esa época. Muchos de mis amigos y colegas pasaron días vestidos de negro yendo a funerales en esas semanas. Yo no. Mis amigos y yo tuvimos mucha suerte.

Durante casi dos años  y hasta ocho meses antes, el World Trade Center era la estación del metro en la que me bajaba para ir a trabajar. Aunque han pasado muchos años, te puedo decir exactamente dónde estaba cada tienda, cada restaurante. Desde la ventana de mi oficina, veía a las torres ondear según el viento. Sí, ondear, estaban tan bien diseñadas que tenían cierta flexibilidad para manejar las fuertes corrientes de aire del sur de la ciudad.

Mis amigos y yo íbamos los jueves a bailar al restaurante Windows of the World, en los pisos 106 y  107 de la Torre Norte. Me acuerdo la primera vez que fuimos, yo borracha de la emoción de vivir y trabajar en el centro del mundo, aún sin haber tomado ni una gota de alcohol.

Esa mañana tenía el control remoto en la mano para apagar el televisor e ir a trabajar cuando entró la noticia de que un avión había chocado contra una de las torres. El teléfono sonó enseguida, era una pareja de amigos y vecinos. Juntos en el auricular miramos como chocaba el segundo avión. Él sabe de aviones, nos dijo incluso antes que cualquier periodista en la TV, "ese es un avión comercial y esto es un ataque terrorista".

Tras llamar a la familia, aún funcionaban las líneas, llené dos bolsas con sábanas, toallas, pijamas, suéteres y camisetas y corrí a llevarlos al hospital más cercano. No había ni un alma. Ahí fue donde comencé a sospechar que sería una masacre en la que no veríamos mucha sangre.

Volví a casa con un timing maldito que me dejó ver en vivo cómo colapsaban las dos torres. Los teléfonos no funcionaban, los celulares estaban colapsados. Sola. Me sentí más sola q nunca. Semanas antes, esto me habría colocado al borde de un tercer colapso nervioso, pero el nuevo tratamiento para la depresión estaba funcionando y tenía la claridad mental para saber que tenía que ayudar como pudiese.

Con dos docenas de botellas de agua en el coche, me fui hacia el sur. El olor  era más insoportable que el dolor. Un olor a cabello quemado que no te dejaba dudas de que otras partes de un ser humano se habían derretido esa mañana. Pasé hospitales con largas filas de gente esperando para donar una sangre que nunca se necesitó. Comencé a ver personas cubiertas de cenizas. Llevé a varias hasta dónde podían tomar trenes hacia sus casas, a otros los llevé hasta sus puertas. Pocas palabras, aún menos lágrimas. Unas gracias apagadas. No hacía falta.

Dormir fue un escape que se me escapó. No conseguí realmente descansar por días. Tengo amigos que estaban mucho peor. Habían salido de sus países,  de Colombia, de Centroamérica huyendo de la violencia. Sentían que la violencia los había encontrado de nuevo en su sitio seguro. Tengo un conocido que jamás se ha recuperado. Abandonó una exitosa carrera en Wall Street y es ahora un monje de clausura en California. Ha sido la única forma de recuperar la paz.

Por días trabajé de voluntaria en centros de descanso creados por la Cruz Roja en los barcos que ofrecen cruceros de fiesta en el río Hudson, una de las fronteras vivas de Manhattan. Noche tras noche, ofrecí café, té, tortas y conversación a los que trabajaban en la escena, primero buscando sobrevivientes, después los restos. Luego en la deconstrucción.  

Sus caras son parte de mis pesadillas. Esos hombres valientes, policías, bomberos, trabajadores de la construcción, con cenizas hasta en las pestañas.  Agotados. Destrozados. Conocí a uno que perdió a su papá y a su hermano. Supe que otro murió por una enfermedad causada por esas cenizas. La ropa que usé allí fue a la basura. Tres lavadas no pudieron sacarle el olor. Quedó impregnado en la tela. Once años después vive en memoria.

Nunca entendí por qué a los estadounidenses les dio por vestirse con los colores de la bandera. El rojo me ofendía los ojos. Por semanas no logré ponerme nada más claro que un marrón. Los ataques del 11 de septiembre del 2001 no sólo fueron contra este país, nos afectaron a todos los ciudadanos del mundo.  Mientras a ellos les dolía su patria, a mí me dolía la humanidad, incluso la de los terroristas, que llenos de odio e ignorancia sacrificaron sus vidas por algo así.

Cuando voy a Nueva York, aún busco las torres. Antes me orientaba por sus siluetas, ahora por su vacío. Me sorprende la consigna de "Nunca olvidar". ¡Como si fuese posible! Algún día me gustaría recordar diferente. Sin pesadillas y migrañas. Mi psiquiatra dice que es un caso clásico de la "Culpa del sobreviviente".

El resto del año estoy bien, de hecho cambié mi vida radicalmente a partir de los ataques. Pero los 9/11 son duros. No puedo evitar pensar que yo podía fácilmente haber estado allí adentro. Sé que soy bastante ridícula, pero no puedo evitarlo. Al menos hoy he logrado no llorar.

¿Dónde estabas cuándo te enteraste de los ataques contra el World Trade Center?

¿Quieres encontrar a otras mamás como tú? ¡Sigue a MamásLatinas en Facebook!

Imagen vía Getty Images

Topics: ataque  9/11  nueva york